Crónicas para el futuro

Por: Alfredo Agustín Cantero

Era mediodía de un martes de marzo; el sol parecía más cerca que nunca de la tierra y la centelleante arena chaqueña ardía bajo los pies. Todos se protegían como podían; las señoras con sombrillas, pedazos de sábanas o toallas coloridas sobre la cabeza, y los hombres, con sombreros o kepis. El personal de seguridad, vestido de negro de pies a cabeza, parecía a uno de esos personajes de la mitología guaraní, y los dos o tres policías buscaban refugios bajo sus mismas sombras hablando sin parar por teléfono.

El punto de encuentro era un camino que lleva a una antigua comunidad ribereña, Chaco’i. Los líderes vecinales tomaron la decisión de cerrar la entrada a una zona donde el Gobierno construye un puente que unirá Asunción con el Chaco. El reclamo: arreglo y apertura de caminos. Los de Chaco’i querían mejorar la entrada a la comunidad, con igual o mejor calidad del acceso a la obra y un grupo que ocupó un privilegiado lugar sobre el río, que “casualmente” era un excedente fiscal, querían permiso para pasar por la obra y llegar al asentamiento.

Era testigo, como en tantos años de ejercicio del periodismo, de una protesta más por las eternas causas de un pueblo infortunado: camino, tierra, atención de las autoridades…Como en todo acto de reclamo del conurbano eran las señoras las cabecillas: una administraba la distribución del agua, otra repartía las empanadas, y las demás, gritaban para calentar el espíritu que se fundía con el ambiente ardiente de una siesta insoportable.

El evento, como cientos, no hubiera pasado de la memoria a esta sencilla crónica si no fuera por un cuadro que sacudió la fibra sensible o, como se dice, el lado humano del periodista: Ocurrió justo a unos pasos… era una tierna criatura que salía de entre las piernas de los manifestantes y trataba de escapar del calor de la tierra y del cielo. Entre esa fracción de duda entre tomar la cámara o rescatar al inocente ya le alcanzó otra criatura, una nena de entre 7 a 8 años y casi arrastradas se recostaron por uno de esos panteones al costado del camino. Allí quedaron a la sombra de la cruz. Las enfoqué, tuve el plano y al contener la respiración para tomar la foto se me hizo un nudo en la garganta. Eran apenas dos niñas en medio de griteríos, batucadas, petardos y discusiones. Era el cuadro de un futuro incierto y cruel. Por lo tanto, me retiré y procuré ampliar un poco más el foco mental y observé el plano general de los que formaban parte de aquel acto de protesta.

Recordé que unos instantes atrás se había sumado a las señoras del barrio una más pituca, teñida y con saco de seda; tenía pinta de autoridad. Llegó en un vehículo con chofer, asistente y agenda. Ni bien se bajó le rodearon las demás y comenzó el griterío …que venga el ministro, queremos al dueño no al payaso… Me recordé también que después de la elegantona había llegado en una hylux, un hombre que parecía una lombriz electrizada por la forma que se movía. Estaba acompañado de un grupo de jóvenes, entre 15 a 20 años. Trajeron un tambor y una pandereta como esos que usan las barras bravas. Se notaba una organización: los que gritan, la líder política y el sponsor.

Me di cuenta de que eran tres generaciones en un sitio donde la causa principal era el pedido al Estado.

Alucinado por el calor, tal vez, retorné por un instante a mi niñez. Tenía 7 a 8 años y también salía mucho a las calles de mi pueblo, pero para vender todo lo que Ña Tomasa preparaba: sopa, empanada, chicharo trenzado o longaniza; los domingos, jugos de pomelo en la cancha. Nada de pedir gratis a nadie.

Cuando volví al paisaje real que tenía enfrente, ya un ingeniero del MOPC, fortachón y con anteojo oscuro, estaba explicando algo a la gente. Hablaba fuerte pero no se le oía. Luego, se separó en un rincón con la política y el sponsor. Parecía que llegaron a un acuerdo sobre los pedidos. El dinámico fue hasta su camioneta y trajo algunas hojas blancas y empezó a escribir sobre la agenda de la señora. Cuando terminó “el acta” y estaban a punto de firmar, una de las señoras del barrio dijo que no estaba de acuerdo, que faltaba muchas cosas. En eso, el líder de la barra, que abrazaba a una adolescente dejó su cigarrillo, se separó de la novia y tomó su tambor. El ruido subió de tono, el funcionario se fue y el cierre continuó. A esa hora ya había varios kilómetros de camiones cargados esperando ingresar a la zona de obra.

Busqué de nuevo a las niñas. Estaban casi acurrucadas bajo un triste y solitario árbol jugando con unas bolsitas de plástico. Eran las 2 de la tarde y el sol quemaba la conciencia. Sin agua ni comida decidí salir en busca de algún copetín de paso en la zona. Antes de dejar el lugar di una vuelta tratando de responder a una pregunta que rondaba mi ardiente cabeza: ¿qué ejemplo estaban recibiendo esos niños y cuál es el futuro que le esperaba?

Cuando subí al vehículo escuché en la radio que el Gobierno estaba celebrando la donación de 4 mil dosis de la esquiva vacuna contra el Covid. Decían, además, que se estaba gestionando con otros gobiernos más donaciones para sopesar la criminal deficiencia que aceleró el colapso del sistema sanitario.

Mientras trataba de avanzar en medio del polvo gris del Chaco me fui anotando en mi mente estas preguntas.

¿En qué momento abandonamos el lado patriótico y valiente que caracterizó a tantas generaciones de paraguayos?

¿Por qué perdimos o traicionamos el legado de los héroes que defendieron la patria en dos guerras y reconstruyeron la nación de la nada?

¿En qué momento cambiamos la dignidad del trabajo por la vergüenza de la mendicidad?

Tal vez sea tiempo de volver a nuestra esencia.

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