A mí no me va a pasar…

Nos conocimos en el trabajo. En un principio, su aire soberbio y casi petulante, me causaba mucha repulsa y, debo reconocer, que en su tiempo de novato en la empresa, me encargué de hacerle bullying. Jamás pensé que Ale se convertiría después en mi mejor amigo y casi mi hermano (más que mi hermano, diría). Teníamos una conexión especial.  Él me leía el alma y lo mismo me pasaba a mí con él.

“Necesito que me prestes tu oído”, era nuestra clave cada vez que uno de nosotros necesitaba hablar.

Pasó el tiempo, yo cambié de trabajo, él siguió en la misma empresa, pero eso no significó un alejamiento. Siempre estábamos en contacto.

Con Ale siempre nos pasaban cosas extraordinarias. En un viaje de vacaciones con mi marido, por Florianópolis, coincidimos en unos de los paseos de city tours. Él estaba con su novia, Fermina, una linda morena que trabajaba en la misma empresa.

Con el paso del tiempo nuestros encuentros eran más esporádicos, pero siempre se mantenía la misma conexión.

Una tarde Ale fue a mi casa. Estuvimos charlando unas horas, le mostré los avances de nuestra nueva casa y me fue asesorando en todo lo que se refería a construcción.

Esa noche le dije a mi esposo:

  • Me preocupa Ale. Vino hoy y parecía que algo quería contarme, pero no me dijo nada y se fue.

La semana siguiente, aproveché la mañana libre para visitar a mi amigo. Preparó un tereré y nos sentamos en el patio de su casa, y allí me contó la historia:

Me dijo que estuvo en pareja con Fermi durante tres años. Que la relación iba muy bien y que todos los años acostumbraban a viajar juntos a cualquier parte. Aquel año, habían ido a Buenos Aires. El tour que en principio debía durar 15 días, se redujo apenas a cinco, porque a poco de instalarse en la capital porteña, Fermi comenzó a sentirse mal por lo que decidieron adelantar el retorno.

Ya en Asunción, Fermina fue a consultar sobre sus malestares, e inmediatamente la internaron. Ale iba al trabajo de día y la noche pasaba en el sanatorio, esperando la recuperación de Fermi. No obstante, presintió que los familiares de su novia le estaban ocultando algo. En el pasillo, encontró a la madre de su novia y la embretó.

  • Señora, necesito que me diga qué es lo que está pasando porque ustedes me están ocultando algo, le reclamó.

La mujer bajó la mirada y echó a llorar:

  • Ya tenemos el diagnóstico. Mi hija tiene Sida, le respondió.

Alejandro quedó tieso. Fermi era su compañera de trabajo y en tres años de estar juntos jamás habían usado protección.

  • ¿Cómo vas a dudar de tu pareja? Y además era mi compañera de trabajo. Antes de ser pareja fuimos mucho tiempo amigos!, me dijo aquella mañana.

Ale salió corriendo del hospital y fue directo a hacerse los análisis. Efectivamente, le detectaron también la enfermedad.

Mi amigo Ale falleció hace seis años.

Hoy con el drama del Coronavirus, me acordé del caso de mi amigo Alejandro. Nos cuesta mucho sospechar que un familiar pueda ser portador del virus. Muchos seguimos viviendo como si el virus no existiera. No queremos dudar que algún pariente o pareja sea portador.

En la seguridad de estar con nuestros afectos, creemos que estamos protegidos.  Todos a veces actuamos ignorando las precauciones, con ese convencimiento de: “a mí no me va a pasar”. Pero nunca se sabe…

Puede ser que te libres de la enfermedad, puede ser que lo superes, pero también puedes llevar el virus a tu familia y afectar a la persona que más te quiere. Siempre será mejor actuar como si fuéramos portadores. Yo me protejo y te protejo…

Por: Marcela Rossi

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